Sentado en una silla bajo una sombrilla en camisilla / con el perro mordiéndome la zapatilla / eructando tortilla y las tostadas con mantequilla / apuntando al horizonte con un rifle sin mirilla

Los altavoces escupen el beef de Residente a J Balvin detrás de la barra del Garden Club, un chiringuito urbano en Fuentebella, un barrio obrero de la madrileña localidad de Parla. Un hombre ataviado con un polo rojo Lacoste, conocido entre sus vecinos por mantener la piscina, nos indica que allí podemos encontrar a un okupa apodado por las televisiones como ‘La Bestia’, un mote escandaloso que nadie sabe cómo surgió.

El grupo más numeroso de parroquianos es el de seis chavales sentados al fondo de la terraza, entre unas tapias sin encalar decoradas con cuadros clásicos. Fuman tabaco y marihuana, beben cerveza, comen pizzas congeladas y patatas bravas y comparten sus ociosas mañanas de agosto entre Instagram y Tik Tok. Están capitaneados por el carisma natural de uno de ellos: Juan José Ballesta, ‘El Bola’, un tipo simpático y querido por sus vecinos que, a sus 35 años, vive en una suerte de spin off de las dos películas icónicas del cine español que protagonizó de niño: la que acabó bautizándolo y 7 vírgenes (Alberto Rodríguez, 2005)

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Ballesta, que combina su oficio como actor con la vida humilde y arraigada que ha tenido siempre, ha sido noticia estas semanas por su amistad con el okupa. ‘El Bola’ es fiel a sus códigos y reconoce públicamente a su amigo, no lo repudia, si bien se desvincula de sus actividades delictivas: invadir cualquier local vacío del barrio para alojarse y montar fiestas y llamar la atención de la Policía para terminar en el calabozo. El motivo de su fama mediática. Dos estancias en la cárcel, entre agosto de 2014 y junio de 2018 y otra de un puñado de meses en 2019, sustentan una trayectoria delictiva entre el menudeo, los robos y los altercados policiales.

El personaje de Galphon Gael Telemanou se explica sólo cuando entra en escena, en el Garden Club, pasadas las 13:00 horas del jueves. Descalzo, montado en un patinete, con un hatillo donde lleva a rastras su vida, perseguido por una pareja de la Policía Nacional. “Te damos el alto y no paras, vas haciendo el loco con el patinete y te has saltado un stop. Si te ponemos la sirena y te damos el alto te paras“, le reprende un agente andaluz.

El hecho de que los policías acudan con los guantes puestos activa el instinto de ‘El Bola’, que intuye la posibilidad de que se lleven a su amigo detenido. Una estampa habitual. Ejerce entonces de abogado improvisado, exprimiendo su prestigio con afabilidad, tratando de meter en cintura al quinqui de moda en el barrio e instándolo a disculparse para no acabar “con razón” en el talego. “Los amigos son los amigos y lo que haga es su problema”, sintetizaría hace unos días en Espejo Público.

Una década viviendo en la calle

A sus 30 años, hace 10 que Gael vive voluntariamente en la calle, peleado con una familia que reside en el mismo hábitat que pulula. Dice que vive sólo y que morirá sólo. Esa misma mañana le ha pedido a su madre el pasaporte para que no lo detengan cuando le pidan que se identifique y se lo ha negado. “Duerme en cualquier sitio, como El Postilla, el de Malviviendo, explica uno de sus amigos sobre el personaje aquejado de narcolepsia de la serie web. “A veces está dos días sin comer”, cuenta otro.

Emigró a Parla junto a su familia, madre y hermanos, desde la República del Congo en 2001. Pronto tejió lazos con los chavales del barrio, entre la jungla del ladrillo visto, justo un año después de que uno de ellos ganara el Goya en la categoría de Actor Revelación como intérprete la película española del año. “Lo que hizo Juanjo Ballesta en El Bola (Achero Mañas, 2001) está más allá del elogio”, escribió el crítico de cine Carlos Boyero sobre su papel.

Ambos acudieron al CEIP Séneca, el colegio público del distrito. Ballesta, con tan sólo con 12 años y en plena efervescencia como de su precoz carrera, siguió sus estudios a través de clases particulares. Gael apenas alcanzó hasta 3º de ESO. Ahora, su única preocupación es la de salir de fiesta, beber Coronitas, dice, sacar unos pocos euros vendiendo chatarra y alimentar el protagonismo obtenido por sus reyertas diarias con la Policía. Escaramuzas que comparte a diario en sus redes sociales.

Se trata de un tipo ingobernable, obsesionado con la hipotética cruzada permanente que mantiene el Estado contra él. “Yo tengo enemigos desde que llegué a España, no por ser diferente, sino por tener otros ideales y pensamientos“, se victimizó en televisión. “Es un revolucionario”, bromea uno de sus amistades.

– No nos puedes tener buscándote por medio Parla. Nos conocemos y nunca me he portado mal contigo, luego te quejas –intenta empatizar uno de los policías.

– Azul y rojo no me gusta, me siento intimidado, tengo mala experiencia –alimenta Gael el leitmotiv sobre el que ha edificado su vida.

Sus amigos, sin embargo, hablan de él como una persona generosa al que tienen que procurarle comida y cierto bienestar. “Comparte todo lo que tiene. Si le das algo, se lo regala a los demás”, cuenta Óscar Jr. Al reportero le regala una camiseta de un primo suyo rapero, Chache Black, donde se puede leer el puto negro del cole.

Todos hacen hincapié en que jamás ha hecho a nadie, en que es buena persona. También V., el hombre que mantiene la piscina, quien lo empleó hace cinco años junto a él durante unas semanas. No se explican el mote de ‘La Bestia’: mide poco más de 160 centímetros, tiene las piernas abrasadas tras precipitarse en un bidón de ácido y el cuerpo tatuado con frases inspiradoras. En el pecho, un gran ojo difícil de divisar en un cuerpo negrísimo.

Fuego en Bankia

‘El Francés’, como se hace llamar en sus redes sociales, comenzó a copar titulares en prensa y espacio en los matinales tras la madrugada del pasado 1 de agosto, cuando la antigua oficina de Bankia que okupaba salió ardiendo. Los vecinos tuvieron que sofocar el fuego a cubetazos. “Se pudo liar pardísima”, estima la propietaria de un negocio cercano. Muchos de los vecinos se enteraron por televisión de lo sucedido, otros desconocen la existencia de Gael. Su rocambolesca versión es que fueron los propios vecinos quienes avivaron el fuego del local, ahora chapado con placas de acero.

Gael montó hasta una zona con gimnasio dentro de la antigua sucursal. También juergas recurrentes que desquiciaban a los vecinos. Su total desafección por las leyes llevó a una tertuliana a decir que debería estar “o en un psiquiátrico o en la cárcel”. Un diagnóstico que ni él mismo negó.

“Aquí no cazamos ratas con arco”

“El lobo donde habita no hace daño”, suelta V. sobre la delincuencia en Parla Este, que asegura intoxica Fuentebella, un lugar donde “te pueden robar hasta los apellidos” cuando cae la noche. Habla del desmejoramiento del barrio en los últimos años, de que la gente mayor sale poco, que “hay más nacionalidades que en la ONU”, de un aumento en el consumo de droga y de que los chicos se comparan, indica que así se llama el grupo de WhatsApp, con el neoyorkino barrio del Bronx.
 
Pero todos hablan de ‘El Bola’, el niño que cobró un millón de pesetas por hacer una película con 11 años. 
“Si fuera de euros de compró un chalé a ti y a tu hermana”, cuenta el molde de un personaje imposible de desvincularse de aquella película generacional. “Aquí no cazamos las ratas con arco, compramos la carne en el Mercadona”, le dijo a un pandillero que le increpó hace pocos días. Uno de los acompañantes se ha quedado dormido en la parte de atrás del coche. Esta tarde Juan José Ballesta pescará carpas junto a su hijo Juanjito en un pantano cercano, su afición favorita. A veces, se lleva a Gael. El Volkswagen de ‘El Bola’ acelera y deja atrás la estación de trenes de Parla.

Ya estás en la calle, el barrio te chana, miras para atrás (Haze, ‘7 vírgenes’)



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