¡Margarita se llama mi amor…!


¿Ha preferido, por responsabilidad, esperar a que pase la cumbre de la OTAN en Madrid para hacer mutis por el foro? ¿Es tan fuerte su apego al poder que incluso prefiere llevarse la contraria, tragar sus propias palabras y entregar la cabeza de la señora Esteban en una decisión cocinada en La Moncloa que tomar el mismo camino que su subordinada?

Las conjeturas al respecto se han disparado en su propio entorno. Sin embargo, los hechos son los que no admiten argumentos: ha entregado, entre balbuceos, la cabeza de la jefa del CNI cuando afirmó minutos antes que no lo haría. Punto.

La señora Robles, que está al frente de un “ministerio de Estado”, está en el mejor sitio en el peor momento. Lleva años estándolo. Doña Margarita se ha convertido en una isla en medio de un océano de incompetencias, traiciones, intereses espurios. Si Sánchez sigue al frente, perderá su dicasterio; si es desalojado del poder, habrá perdido los barcos y la honra. Con la destitución/sustitución de Esteban –¡vaya estupidez semántica!-, Robles ha marcado su presente y su futuro. ¿Quién va a tomar en serio a partir de ahora a una ministra tan turbia?

Sus enemigos dentro del frankenstein –Marlaska, Iglesias & Cía,- saben que es carne de cañón y que está en una situación de extrema debilidad política y personal. Los que de una manera u otra han venido apuntalando sus posiciones –la oposición razonable- han terminado por concluir que no es persona fiable. Con la marcha de Paz Esteban ha puesto fecha de caducidad a su propia carrera política y aunque pueda vestir de nuevo la toga –esto de ir y venir de la política a impartir justicia y viceversa sí que es una grave anomalía democrática- nada será lo mismo.

Gentes próximas a la todavía ministra de Sánchez ponen de manifiesto que Margarita siempre ha mostrado un gran talento en el arte de la conspiración; se ha movido con agilidad y eficacia para otear de qué lado sopla el viento a la hora de acceder al poder. Unas veces al lado de Belloch y el capitán Khan; otras para subirse al carro de un mocetón desclasado con el que no coincide en nada.

Definitivamente, el lector está ante la historia de una ambición. Poco más.



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