«Qué malas personas son los buenistas», escribió el otro día el escritor Fernando Sánchez Dragó. El mayor peligro de nuestra era está representado por los tibios que pretenden sorber y beber al mismo tiempo, esos que no observan ningún peligro o amenaza en la sociedad. Aquellos culpables del delito de omisión del deber de socorro de las injusticias. Asistimos a una encarnecida lucha entre el mal y el bien, la mentira y la verdad. Que no se nos olvide, todo lo alejado de ese binomio es una distracción creada por los que quieren que la oscuridad triunfe.

Leía a mi admirado Juan Carlos Girauta en una entrevista en The Objetive y observaba cómo focalizaba la batalla cultural en el aspecto identitario. El fraccionamiento de la sociedad en diferentes victimismos es una de las armas del enemigo, pero no la única. Los intelectuales que libran la guerra por el relato se centran en determinados campos de actuación para rebatir a la mentira. Unos tienen predilección con la focalización del conflicto en lo que ocurre en lugares como Cataluña, otros prefieren enfocarlo en los dilemas de género combatiendo al lobby LGTBI, o enfrentándose al colectivo feminista radical y dogmático materializado en leyes como la del Solo sí es sí. Confrontaciones loables, obligatorias de librar, pero nos estamos olvidando del campo de batalla principal, en la Normandía en la que si desembarcamos conseguiremos derrotar al mal. De poco sirve ganar batallas si no se gana la guerra, es en vano conquistar inhóspitos rincones de un país si el enemigo se hace con la capital y las principales ciudades. Es importante que libremos las luchas contra las quimeras fragmentarias, pero, por ejemplo, les soy sincero, que Cataluña sea independiente es el menor de mis temores. Que dos personas del mismo sexo mantengan relaciones sexuales y que presuman de ello enarbolando una bandera arcoíris me es indiferente. Me ocurre lo mismo con esas viciadas depravadas como Irene Montero que creen que en el corazón de todo hombre se esconde un violador. Esta guerra es más importante que todo eso, la batalla cultural no es solo cultural, sino también espiritual, está en juego la moral de la sociedad.

Si aunamos todos nuestros esfuerzos en conseguir una sociedad más honesta y justa conquistaremos el resto de los flancos de batalla. Estoy con Juan Manuel de Prada cuando habla de cristianizar la civilización. Proselitismo que no consiste en convertir a todo el mundo en unos beatos puritanos, sino en recuperar los valores de antaño, esos que bebían del cristianismo sociológico o del humanismo cristiano. No podemos olvidar que la raíz del desencadenamiento de la batalla cultural está en una profunda pérdida de principios fundamentales. El progresismo se ha aprovechado de la proliferación del escepticismo para dotar a los ateos existenciales de algo en lo que creer. El multiculturalismo, el ecologismo y todas las variantes de esos -ismos se han convertido en las nuevas religiones modernas. Nos hemos olvidado de la moral, hemos extirpado el bien y el mal de la realidad, y ahora lo único que importa es lo que promulga la Agenda 2030. Plan ideológico concebido precisamente para extirpar los valores occidentales fomentando la inmigración masiva de ciudadanos procedentes de, cómo destacó David Cerdá en la entrevista que le hizo Yanire Guillén en La Iberia, «pueblos éticamente subdesarrollados». Ese es el otro gran peligro, uno que bebe por encima de los otros de la suplantación espiritual occidental. El objetivo de que se abran las puertas a inmigrantes con tradiciones contradictorias con Occidente es precisamente erradicar la cultura cristiana de la sociedad, una con profundas raíces espirituales.

Una sociedad amoral es carne de ser manipulada por el nacionalismo, la ciudadanía es pasto de las crisis existenciales, y se produce el aumento de individuos que ven a las mujeres como un objeto de uso y disfrute. En cambio, una civilización fundamentada en unos principios básicos sabe reconocer la mentira sin caer en el adoctrinamiento como ha pasado en Cataluña. ¿Ustedes se creen que una ciudadanía consciente habría elegido a unos personajes como Carles Puigdemont o Pere Aragonés? ¿Acaso la sociedad vasca no condenaría a partidos como los herederos de ETA en lugar de hacer posible un Otegui lehendakari? Las personas que tienen clara la diferencia entre el bien y el mal votan en conciencia. La crisis moral se palpa en el hecho de que miles de españoles eligen a filoterroristas como sus representantes. Si tuviésemos decencia, en cuanto los herederos de ETA sacó un escaño en el parlamento vasco o en el Congreso de los Diputados habríamos salido a las calles invocando el espíritu de Ermua. No tienen escrúpulos, sin eso no ganaremos ninguna batalla porque el mal se saldrá con la suya. Debemos condenar toda corrupción, manipulación, violencia, esto es una guerra del bien contra el mal. Me choca ver a personas que se presuponen íntegras compadrear con mafiosos mientras dicen que dan la batalla cultural.

Nos jugamos la nobleza del espíritu, esa que tanto nos recuerda Enrique García-Maíquez.

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